Selección de prosa de
Jorge Braña
¿Quién soy? 


© Jorge A. Braña
Manuscrito inédito

N. Jersey, USA, 2002

Los Conectados

Jorge Braña


Campanadas

 

 

Siete - En un Búnquer del Barrio Alto

 

 En un amplio e iluminado cuarto con ventanales oscuros, el Teniente Orillas trataba de aplacar a su General, que andaba de muy malas pulgas desde que había regresado de su último viaje a Estados Unidos.

 “¡Imbécil!  Me dijiste que andaban en Canadá, y ahora resulta que esta mina aparece en la primera página de la Revista Cultural lanzando un libro en la Plaza del Mulato Gil, en pleno centro de Santiago”.

 “Así es, mi General, reconozco mi error, mi General.  O los servicios me informaron mal, o entró al país sin ser detectada, que es lo más probable.  De seguro la está ayudando el comunismo internacional, o tal vez un grupo de Moammar Khaddafi, que se dice está operando en el Perú…”

 “Torpe, cretino, nulo, chambón, incompetente.  No es la primera vez que me fallas”.

 “Trataré de ser más escrupuloso de aquí en adelante, mi General.  Para que mi General lo sepa, tengo estrictos controles establecidos en todas las salidas del país.  Los agentes saben que si ella o Del Monte se presentan en cualquier punto de la frontera, deben llamarme de inmediato, personalmente.  No podrá irse sin ser detectada.  Puedo enviar hombres a interrogar a sus familiares; sus padres, por ejemplo, de seguro saben donde está.  Me enteré de que la madre estaba presente en el lanzamiento”.

 “¡Zopenco!  No te he dicho mil veces que no quiero publicidad.  Quedas  inmediatamente relevado de esta operación”.

 “Espero que mi General no haya perdido la confianza en mis servicios; después de todo, yo fui su mano derecha en lo de…”

 “No, no, no, reconozco que has sido un servidor muy fiel.  Un día, la patria te recompensará como lo mereces.  Es más, tengo una misión especial para ti, algo verdaderamente a tu alcance, pero por ahora te quiero fuera de este caso.  Ya hablaremos.  Ahora vete, que no quiero hacer esperar más a esta gente, tenemos que tratar algunos asuntos importantes”.

 Orillas hizo el saludo correspondiente, dio media vuelta y se retiró, estirando con disimulo su chaqueta de oficial, la que mantenía en sumo estado de pulcritud.  Al verlo salir, los dos hombres que esperaban en la sala contigua entraron.

 “Buenas tardes General” – dijeron ambos, en rápida sucesión.

 “Buenas tardes; por favor, tomen asiento”. 

 Los hombres se sentaron.  Uno de ellos extrajo un documento de una carpeta y se lo pasó.  Contrabas lo leyó en silencio, repasando lentamente las líneas con el índice y murmurando, como si mascara cada palabra.  “Está bien”, exclamó, devolviendo el documento.  Después, mostrando la revista: “Y sobre estos desgraciados, ¿saben algo?”

 “Sí, General.  Están los dos en el país, en algún lugar del sur, entre Osorno y Puerto Montt.  Tenemos al grupo de Juan Enrique investigando.  Los elegimos a ellos por ser un grupo pequeño y discreto.  Saben adoptar un aire de paisano y hacer creer a los aldeanos que son amigos.  Han sido eficaces en tareas de infiltración y nos ayudaron hace años a acelerar el fraccionamiento del PS”.

 “Eficacia y discreción, es precisamente lo que busco”.

 “Hay un problema, General:  ella está encinta.  Si se llega a saber, podría ser fuente de muy mala publicidad”.

 Contrabas se puso rojo, pero alcanzó a frenarse justo antes de lanzar el improperio.  (“Idiotas”, pensó, “si hacen bien el trabajo, cómo habría de llegar a saberse.  Por mí que la maten con feto y todo, para qué seguir echando renegados al mundo”).  Pero estos no eran sus subalternos, en el estricto sentido de la palabra, y todavía podrían serle de gran utilidad.  “Veamos”, dijo, manteniendo la calma.  Y después, en lento monólogo:

 “La cosa es mantener la circunspección, ¿cierto?  Por lo tanto ahora no es un buen momento, la loca ésa causó un disturbio y salió en las noticias…  Orillas los tiene encerrados, de Chile no pueden irse…  Dudo mucho que se les ocurra causar más trastornos, deben tener miedo y querrán esperar el parto sin mayores alteraciones y sin andarse paseando por el país…  Pronto llega el fin de año y los periodistas se pondrán a hacer recuentos y habrá un poco de milonga, como todos los años…  Hmmm...  Lo mejor es esperar la mitad del verano.  ¿No les parece?”

 “Son varios meses, General”.

 “¿Qué importa?  No me están escuchando.  A veces los gatos tienen más paciencia que la gente, hay que aprender de ellos”.

 “¿Ah?”

 “A mediados del verano a nadie le importa nada, la gente sólo se preocupa de sus vacaciones, de los niños, de pinchar minas, del festival, el calor los idiotiza.  En febrero están todos en la playa, en el campo, o tomando chicha.  Ése es el momento para eliminar a estos energúmenos.  Me da lo mismo si la loca ya ha parido o no, la guagua la tiran al río, o se la dejan en un canasto a algún grupo de indios; aunque pensándolo mejor, es preferible que no haya parido todavía.  Total, bien enterrados, no tienen por qué encontrarlos”.

 Los hombres no supieron qué decir, y se produjo un silencio.  No estaban enteramente de acuerdo, pero tampoco se atrevían a contradecir al General.  Contrabas los oteaba de reojo.

 “Comprendido” –dijo uno al fin. 

 “¿Y con ése, qué va a hacer?” –dijo el otro, apuntando hacia la puerta.

 “Ah, el Teniente Orillas.  Por el momento, nada.  Esperemos que siga tan fiel como hasta ahora.  Bueno, caballeros, ha sido un placer, como siempre”.

 Los hombres le dieron la mano y se marcharon.  Contrabas, sonriendo, los vio salir, y después se dijo a sí mismo:

 “ Mi fiel Orillas.  Ya verá lo que le depara la olla…  Sabe mucho, no lo quiero en Chile.  Además, tengo que ofrecerles algún sebo a los yanquis, de repente cambian los aires políticos en gringolandia y me andan jodiendo de nuevo”.

 Satisfecho de sus ideas, se sirvió un coñac.  “Qué haría el viejo sin mí” –pensó.